Esmeralde Meckler, estudiante de segundo año de psicología, camina por el campus de CI. Al ser la primera de su familia en asistir a la universidad, esta entusiasmada por el camino que tiene por delante.
Foto de Dani Ramirez
Por Esmeralda Meckler
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A menudo la universidad se presenta como un nuevo comienzo emociónate, pero para muchos estudiantes también puede resultar intimidante y genera incertidumbre. Quiero ensenar una de las experiencias de las que no siempre se hablan: navegar la universidad siendo estudiante de primere generación. Como alguien que ha pasado por estos tipos de experiencias quiero decirle a la demás persona que están pasando por lo mismo desafíos que no están solo y que no están solo/las. Es normal sentir miedo, frustración i sentirse diferente al empezar la universidad. Estos sentimientos no restan el valor de la trayectoria, y tus circunstancias no definen tu capacidad para triunfar.
Este artículo forma parte de una seria que explora las experiencias de los estudiantes universitarios de primera generación; la próxima entrega incluirá entrevistas con cuatro estudiantes sobre sus trayectorias universitarias. Considero la importancia de compartir estas historias por qué ser un estudiante universitario de primare generación puede generar, a veces, una sensación de aislamiento. Conocer las experiencias de otras personas en situaciones similares puede ayudar a los estudiantes a sentirse comprendidos y más cómodos al hablar de sus propios desafíos. A través de esta seria, espero recordarles a los estudiantes que tiene un lugar en la universidad, incluso cuando todavía están tratando de descifrar el camino.

Pancarta frente a la Biblioteca John Spoor Broome en el campus de CI.
Foto de Dani Ramirez
Mi viaje
Como latina que formaba parte de una minoría en mi escuela preparatoria, a veces me constaba conectar con mis compañeros. Algunos vivían en comunidades de alta ganancia y y clasificaban mi comunidad “pobre”, mientras que otros tenían coches deportivos y personalizados en donde mis padres atravesaban dificultades económicas. Además, tenía pocas oportunidades de hablar el español con mis compañeros, lo que dificultaba fortalecer mi vínculo con el idioma. Aunque competíamos los salones de clases, este tipo de diferencias me hacían sentir fuera del lugar. Cuando llego el momento de aplicar para entrar a las universidades, muchos de mis compañeros hablaban de estudiar en otro estado como mudarse de casa o asistir a una universidad de mayor nombre. Para ellos, la universidad representa una oportunidad para irse de casa y explorar un lugar nuevo. Para mí, era averiguar cuál me permitía pagar de manera realista.
Recuerdo escuchar a mis compañeros hablar sobre los fondos para la universidad que sus padres habían creado para ellos, o sobre como sus familias planeaban ayudar a cubrir la matricula, el alojamiento y otros gastos. Mi situación are completa menta diferente. No contaba con un fondo universitario ni con apoyo financiero alguno. Estudiar fuera del estado era algo con lo que soñaba, pero, económica mente no era una opción. Tuve que elegir entre las universidades que estaban entre mi presupuesto, lo que se significaba que darme en California y asistir a una universidad del sistema de Cal State. No hay nada malo en elegir Cal State; sabie que ere una oportunidad para cruzar estudios universitarios y construir mi propio futuro. Sin embargo, en un entorno donde algunos de mis compañeros describían las universidades Cal State como un “Último recurso” recurso reservado para estudiantes con un rendimiento académico bajo o que no habían sido adc3ectados en otros lugares, resultaba muy difícil no prestarles atención a esos comentarios y me cuestionaba mis propis capacidades académicas. Además, no tenía los medios económicos para mudarme fuera de la casa. Mientras muchos de mis compañeros se preparaban para dejar sus familias e iniciar una nueva etapa en otro lugar, yo me preparaba para seguir viviendo con la mía. Quedarme en casa no era necesariamente algo malo, pero no era le experiencia universitaria que que había imaginado para mi.
A veces, eso me hacía sentir insignificante. Resultaba difícil ver a otras personas vivir la vida universitaria que yo había imaginado para mí, sobre todo cuando el motive por el que yo no podía tener esa misma experiencia are económica. Hubo muchos momentos en los que sentí envidia, frustración y vergüenza, aunque sabía que no tenía nada de que avergonzarme; estaba haciendo todo lo posible dadas las circunstancias que me habían tocado. Llegar a la universidad fue solo el comienzo. Una vez allí, tuve que aprender a desenvolverme en un sistema que nunca había conocido. Yo no sabía cuales clases debía tomar, a quien pedir consejos o a donde acudir cuando necesitaba ayuda. Durante mi primer semestre, termine quedándome atrás en algunos de los prerrequisitos porque no sabía cómo funcionaba la asesoría académica.

(Izquierda) Esmeralda, con su madrasta y su papa, en su fiesta de graduación de la escuela preparatoria
(Derecha) Esmeralda y su mama en el parque de su vecindario
Fotos cortesía de Emeralda Meckler
También cargaba con la presión de querer que mis padres se sintieran orgullosos de mí. Mi madre me tuvo justo después de terminar la preparatoria y, a veces, sentía que yo era la razón por la que ella y mi padre no habían podido perseguir algunos de sus propios sueños. Ellos nunca me hicieron sentir de esa forma; eso fueron mis pensamientos y mi propia culpa interna. Por eso, tener éxito en la universidad significaba más que una simple meta personal: quiero probarme a mí misma y a mi familia que los sacrificios de pausar sus educaciones y dejar de lado sus metas profesionales a lo largo del camino valieron la pena.
Mi familia desempeño un papel muy importante para ayudarme a superar a superar aquellos momentos. Estoy especialmente agradecida con mi abuela y mi tía, quienes me apoyaron durante todo el proceso, me acogieron y siempre me animaron a seguir adelante. Mi mejor amigo, Gray Mallory, y sus padres, que son Lisa y Steve Mallory, y que se convirtieron en un gran apoyo; ellos son como mis segundos padres pare mí. Nunca me hicieron sentir que mis sueños eran inalcanzables y siempre me recordaron que podía lograr cualquier cosa que me propusiera.
Se que mi historia no es única. Para algunos estudiantes universitarios de primera generación, desenvolverse en la universidad puede implicar manejar recursos económicos ilimitados, contar con menos orientación o familiares con experiencias educativa superior. Sin embargo, saber que mi experiencia puede ser común no siempre hace que me sienta menos sola, a veces, basta con escuchar a otras personas decir “yo también pase por eso” puede hacer esa experiencia compartida se sienta más real y validar los desafíos. Ser un estudiante universitario de primera generación no se limita a ser el primero de la familia en ir a la univocidad, pero también se significa aprender a desenvolverse en un sistema desconocido, tomar decisiones financieras difíciles y ganar confianza en un entorno donde a veces uno se sienta que no encaje.
¡Esperen la segunda parte, que saldrá el próximo viernes 9 de octubre e incluirá entrevistas con otros estudiantes de primera generación de CI!

